Yo supongo que tú, querido lector, eres un desgraciado que trabaja ocho, diez, doce horas, para poder vivir medianamente. Durante las tardes luminosas de estos días primaverales, tú tienes en la mano el buril, el pincel, la pluma o el martillo, y grabas, pintas, escribes o colocas sencillamente piedras para levantar el muro que circunda un huerto en el que no entrarás nunca para descansar de tu labor penosa; para respirar el perfume de las flores y dormir a la sombra bienhechora del tupido ramaje.
En esas horas alegres de la tarde
primaveral tú sueñas un momento con salir del estudio, del taller o de la
fábrica y caminar libremente por las umbrías alamedas respirando el aire que
viene del mar impregnado de sutiles aromas y lleno de frescura. Al pensar en
esto pasa por tu mente una sombra de rebeldía; pero el buril, la pluma o el
martillo no cae de tus manos; con heroica resignación continúas esculpiendo,
dibujando, escribiendo o picando la piedra que forma el muro o la tapia del
huerto; piensas que el trabajo es un tributo inevitable; que no hay manera de
sustraerse a la dura faena cuando la desgracia nos hizo nacer pobres. Esto es
lo que lógicamente nos figuramos todos. Pero he aquí que nuestras teorías,
nuestros cálculos y nuestras suposiciones vienen a tierra contemplando a unos
hombres misteriosos que, sin poseer bienes de fortuna, viven libremente y pasan
las horas apacibles de la tarde dedicados a un juego, para ellos divertidísimo.
Estos hombres, misteriosamente libres,
no son capitalistas, casi todos van mal vestidos; cubren su cabeza con una
gorra o con un sombrero grasiento; sus pantalones forman antiestéticas
rodilleras y las mangas de sus americanas brillan deplorablemente por el roce
continuo de las mesas; estos hombres tienen casi todos caras inexpresivas y en
sus ojos no aparece el resplandor de la inteligencia. Pero lo cierto es que
viven mejor que tú y que yo; no pintan, ni graban, ni esculpen ni pican la
piedra; se levantan muy tarde, comen y después entran en la tertulia apestosa
del café para pasar las apacibles horas de la tarde jugando al dominó,
golpeando furiosamente la mesa con las pequeñas fichas de marfil poseídos de un
entusiasmo para nosotros incomprensible.
Nunca podremos saber cómo se resuelve
la vida de estos diez mil hombres mal vestidos que pueden huir del taller, de
la oficina o de la fábrica y pasar las horas apacibles de la tarde jugando al
dominó porque no saben hacer otra cosa.
Article escrit per Andreu Nin
el dia 7 de juliol del 1914.
Aquí Nin ens
planteja l’existència d’aquells individus que abans i ara anomenaríem com a “vividors”.
No son una classe social, no son un grup de marginats, no son ni capitalistes,
ni proletaris… Senzillament son aquells que han sabut trobar la manera de viure
sense treballar. Nin calcula que la Barcelona del seu temps n’hi havia deu mil,
avui segur que en son moltíssims més!
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